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EL OFICIO DEL RESUCITADOR – ALI ROJAS OLAYA

Por Alí Ramón Rojas Olaya

En este acto organizado por la Sociedad Bolivariana de Venezuela en homenaje al cronista de Maturín Juan José Ramírez, de quien una sala de lectura homónima se inaugurará próximamente. Hablaré a solicitud del Cronista de Caracas Omar Hurtado Rayugsen, quien por razones de fuerza mayor le fue imposible asistir. En mi rol de Cronista Adjunto de Caracas me dirijo a ustedes:

Un cronista es el fiel notario del tiempo y de la memoria, un arqueólogo del instante que rescata la frágil arquitectura de lo cotidiano antes de que el olvido la reduzca a polvo. No es un simple acumulador de fechas o un frío testigo de batallas, sino un tejedor de instantes que atrapa el rumor de las calles, el tumulto de una época, la historia insurgente, la del pueblo y el latido secreto de la historia en el frágil hilo de las palabras.

Un cronista e​s un caminante perpetuo con los ojos bien abiertos, alguien que anda por la cornisa entre la rigurosa verdad de los hechos y la profunda belleza de la literatura. Donde otros solo ven pasar el devenir de los días, él descubre un mapa de revelaciones: el perfil de un rostro en la multitud, la dignidad silenciosa de un oficio olvidado, o la épica invisible del indigente, del loco, del obrero, del campesino, que se esconde detrás de la esquina más folklórica.

El cronista es un revisador de archivos. Estos no son cuartos, sino un océanos petrificados donde el polvo es la espuma de los siglos y los legajos, corales de tinta que aún secretan sal. El cronista no viene a saquear fechas, sino a escuchar el rumor que aún vibra entre las fibras del papel; sus dedos, al rozar las carátulas, no buscan un índice, buscan una herida, un destello, la sílaba exacta que el olvido no logró tragar.

Allí, en el silencio que pesa como una losa, el cronista enciende su linterna. No la luz cruda de la erudición, sino una lumbre tenue que respeta las sombras. Porque sabe que el archivo guarda lo que hubo, pero también el vacío de lo que no se escribió. Él es el tejedor de esos huecos. Toma un fragmento, un parte meteorológico de 1890, un acta de nacimiento, una carta de amor sin remitente, y los obliga a dialogar. Los archivos, en sus manos, dejan de ser tumbas para volverse úteros; de allí nace, palpitante, la historia que no está en los libros de texto.

El cronista es un médium. Su oficio no es repetir, sino traducir los gestos mudos de la tinta a la sangre viva del presente. Cuando se marcha, el archivo queda igual, pero él ha dejado un rastro nuevo: un orden invisible, una conexión que antes no existía. Al escribir, no perpetúa el pasado, lo salva del naufragio definitivo, lanzándolo como una botella al mar del porvenir. Porque el archivo sin el cronista es un cadáver; pero el cronista sin el archivo es un eco sin origen. Unidos, vencen a la muerte, aunque sea por un instante, aunque sea a susurros. Muchas gracias.

Sociedad Bolivariana de Venezuela, Caracas, 29 de agosto de 2026

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