Caracas, 27 de febrero de 2026 (Prensa CNEH) – En el corazón de una de las zonas con mayor carga histórica de la capital, el Gran Muro de Petare se transformó hoy en un altar de reflexión y compromiso. A 37 años del 27 de febrero de 1989, el pueblo venezolano volvió a encontrarse en las calles para honrar la valentía de quienes, movidos por la dignidad, alzaron su voz contra la exclusión y el olvido.
La elección de Petare para esta conmemoración no fue casual. Históricamente, este sector ha sido el termómetro social de la Gran Caracas; un lugar donde el latido del pueblo resuena con mayor fuerza. Fue allí donde culminó la gran marcha nacional, reafirmando que la memoria de aquella rebelión popular no descansa en archivos fríos, sino que sigue vibrando en las barriadas que la vieron nacer.
Un compromiso compartido con la historia:
El Centro Nacional de Estudios Históricos (CNEH) acompañó desde los Palos Grandes, esta jornada junto a diversas instituciones del Estado, autoridades nacionales y locales.
Sin embargo, los verdaderos protagonistas fueron los hombres y mujeres que, bajo consignas de justicia y soberanía, recordaron que el espíritu de unión popular es el cimiento de la Venezuela actual.
«El Caracazo no fue solo un estallido; fue el despertar de una conciencia colectiva que se negó a seguir siendo invisible ante el hambre», se escuchó con insistencia entre los manifestantes, resumiendo el sentir de una generación que transformó el dolor en lucha política.
Voces de la transformación:
El cierre del evento contó con la presencia de destacadas figuras políticas, entre ellas el jefe de Gobierno de Caracas, Nahum Fernández; el primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, Pedro Infante; y el integrante de la Dirección Nacional del PSUV, Eduardo Piñate.
Su participación subrayó el respaldo institucional a una fecha que define la identidad de la Revolución Bolivariana.
A casi cuatro décadas de aquel punto de ruptura con el modelo puntofijista, la concentración en el Muro de Petare dejó un mensaje claro: la historia se escribe en la calle.
Hoy, la rebelión de 1989 se entiende como una lección viva para las nuevas generaciones, una brújula que marca el camino de la soberanía y nos recuerda que el pueblo es, y seguirá siendo, el arquitecto de su propio destino.












